viernes, 2 de julio de 2010

Por lo común, el hombre vive contento cuando la realidad, las decisiones ajenas o los acontecimientos concuerdan con sus deseos. Los cristianos estamos contentos con tal de que nuestros deseos concuerden con la voluntad de Dios. En el primer caso se goza solamente cuando "todo va bien". En el segundo caso se busca el medio de ser feliz cuando "todo va mal". No es una utopía. La alegría del cristiano es real porque es un don de Dios, que nos pide un asentimiento a su voluntad, y no es extraño que nos pida sufrir.

A quien confía en Dios, hasta los malos días le traen su pequeña alegría. Los hombres se entristecen porque no comprenden o porque no aceptan, pero el cristiano se abandona al Padre que sabe y que decide, al "Dios que se hizo hombre para que el hombre llegase a ser Dios", frase de san Agustín en la que descubrimos el gran secreto de la alegría cristiana.

Jesús no modificó las leyes de la creación. Más aún, siendo capaz de suprimir el sufrimiento ajeno no se lo evitó a sí mismo. ¿Era preciso? ¿Y por qué era preciso? El misterio del dolor sigue siendo indescifrable para nosotros. Dios no nos ha explicado este enigma. Se hizo hombre para enseñarnos a vivir y a triunfar sobre el mal en el seno mismo de la oscuridad. Éste es el consuelo anunciado en esta Bienaventuranza. El padeció, con el fin de ayudarnos a sufrir para que nuestras lágrimas, como las suyas, tengan un valor redentor. Jesús prefirió volver nuestras miradas hacia el porvenir y asegurarnos que nuestro dolor no es inútil. Los cristianos seremos consolados si aceptamos los inevitables sufrimientos, de los que nadie está exento, como un sacramento de unión a Cristo para la realización de su obra redentora.

Dichosos los cristianos que cuando lloran dicen con Jesús "¡Padre, hágase tu voluntad! ¡Padre, perdona a los que me hacen sufrir! ¡Padre, en tus manos entrego mi vida! Pues ellos ya no están solos. Ellos están "consolados".

(Tomado del Temario de la A. C. G. de Madrid en http://www.archimadrid.es/acatolica/temario/a2005/tema3.htm)

1 comentario:

Cathan Dursselev dijo...

No hace falta decir mucho más, María. Pero, quizá, precisamente ese consuelo que tenemos los cristianos de sabernos hijos de Dios, sea la verdadera solución al dolor y la pena.